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lunes, 11 de mayo de 2015

Erase una vez una maquina de vapor...

Hace 22 o 23 años yo trabajaba en el centro protección de chóferes de Montevideo y a mi amigo Leo se le brindó una oportunidad que crearía un momento bisagra en su vida.
Leo, que nunca la tuvo fácil había logrado la buena voluntad de la gerencia y contemplaban con agrado darle la chance de cambiar de sector y pasar a ser la mano derecha del encargado de mantenimiento.
Solo había un problema.
Para acceder a ese puesto Leo debía aprobar el curso de foguista en el COCAP y sacar (previo examen) el carnet habilitante.
Pan comido.
Bueno, no.
Leo es un tipo inteligente pero leer (y menos estudiar) no era una de sus fortalezas, lo odiaba.
Pero él QUERÍA ese puesto... y a mi me encanta leer... y Leo era mi amigo...
Así mientras ayudaba día a día a prepararse a mi cumpa, yo, sin querer y de costado, di un paso hacia lo que dos años después sería una bisagra en mi vida.
Leo aprobó el curso y salvó el examen de una. Cierto que la vara en ese momento estaba un poco más baja que ahora, no se precisaba aprobar el 100% de las preguntas de seguridad ni el 80% de las de conocimiento. Pero fue un gran esfuerzo para mi amigo y estuvo a la altura.
Dos años después los avatares de la vida hicieron que tuviese que escoger entre mi puesto ahí o saltar al vacío y probar suerte en un lugar nuevo.
Era más joven y lo nuevo siempre se ve más tentador... así que salté.
Me alcanzó una semana para darme cuenta que la había pifiado o al menos me había precipitado en la elección de destino. Yo buscaba prosperar y alcanzar un puesto que al menos fuese desafiante. Me llevó poco ver que no había grandes desafíos en mi nuevo puesto y arriba había dejado un horario cómodo matinal por un sistema de turnos indefinidos que hacía que nunca supieras cuando tendrías un día libre con anticipación.  Ni siquiera sabía hasta que me estaba yendo en qué horario trabajaba el día siguiente.
Pero ya había saltado y ahora había que afrontar el acto y salir a flote como se pudiera.

Había unas personas en mi trabajo que lo llevaban diferente. Lo noté al poco tiempo y charlando confirmé lo que había inferido. no solo tenían turnos fijos sino que eran de los pocos que, por las características de su trabajo, tenían una libertad mayor, acorde con la responsabilidad de su tarea. Eran foguistas.
Dos semanas después de mi ingreso al centro militar como administrativo ya andaba de che y vos con ellos.
El hecho que yo conociese  "el lenguaje", que supiese (en teoria al menos) como era su trabajo y recordara bien las maniobras básicas hizo que se sintieran casi ante un igual. Simpatizamos.
Yo descubrí que ambas partes teníamos interés en que yo pasase a sus filas.
Por mi lado quería probarme como operador, transformar un trabajo aburrido en un desafío que valía la pena superar y mantener... pero sobre todo quería ese turno de 24 por 48 horas que me permitiría estar con mi familia dos días enteros de cada tres!!!
Y ellos querían volver a ser tres. Se les había jubilado un compañero y hacía un mes que cubrían dia por medio cada uno.
Quizás si no hubiese sido por eso no habría tenido la chance, pero la teoría la tenía y cuanto me podía llevar operar solo?
Ellos hablaron con los de arriba, ellos rogaron para enseñarme... yo ponía cara de poker y me prometía aprender realmente lo antes posible.
Me dejaron solo antes de  una semana.
Cuando me fui de ahí siete años después seguía aprendiendo. Y ahora 17 años después... pues... sigo aprendiendo.
De ese aprendizaje es que va este blog.


Los invito a acompañarme un tramo.


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